PODER FEMENINO

Muy a menudo tendemos a pensar en la fortaleza como en una cualidad que surge de la firme determinación y de la voluntad de triunfar, sin importar el coste o el desequilibrio que pueda conllevar y sin tener en cuenta que, mostrar la fortaleza desde una supuesta invulnerabilidad es solo una pose, no es auténtico ni real.

Sé, porque me ocurrió en cierto momento de mi vida, que muchas mujeres hemos tenido que asumir papeles de corte masculino para tener éxito en nuestras profesiones y, aunque podríamos pensar que una mujer fuerte se define de esta manera, creo que lo que realmente hace que una mujer se sienta segura es su capacidad para escuchar su verdadero ser y poder recurrir a su sabiduría femenina ante cualquier situación. Una mujer no necesita actuar como un hombre para ser eficaz en lo que hace, solo necesita ponerse en contacto consigo misma para demostrar verdaderamente la profundidad de su fuerza.

Escuchar nuestro lado femenino puede parecer algo complicado, ya que este tipo de energía es algo que a menudo se pasa por alto en muchos aspectos de nuestra ajetreada vida cotidiana. Sin embargo, si podemos conectarnos y bucear hacia esta parte de lo que somos, encontraremos que, de nuestro interior, mana una fuente ilimitada de fuerza que está ahí, disponible para nosotros. 

Vivimos un momento crucial en el que es más necesario que nunca desarrollar nuestra capacidad, aprovechar nuestra intuición y escuchar a nuestros guías internos, para tener en cuenta las necesidades de quienes nos rodean y para ver nuestra vida con compasión y amor. Esas son formas en las que podemos mostrarle al mundo el auténtico poder de nuestra naturaleza femenina. Cuando aprendamos a integrar esta fuente de fortaleza en nuestras tareas diarias y en la toma de decisiones, veremos que podemos ser más flexibles y abiertos a las cosas que ocurren a nuestro alrededor.

IMG-20190319-WA0017La esencia de lo femenino es suave y amorosa, es flexible, le gusta abrazar, dar calor y cuidar pero también es comunicativa, fuerte y segura, decidida e integradora y cada una de esas características es un tesoro, una fuente de poder en sí misma, para nada incompatible con el desarrollo de nuestra vida personal ni el desempeño de las más altas responsabilidades en nuestra vida profesional.

Si tenemos la valentía de conectar con esta parte de nuestra esencia, no solo veremos el mundo bajo una luz diferente, sino que comenzaremos a darnos cuenta del potencial de esta forma de energía para impulsarnos a nosotros mismos y a quienes nos rodean. Existe una dimensión en lo femenino, en su mayoría pasada por alto, discreta y absolutamente esencial: La fuerza femenina sagrada y carismática, que reside en todos y cada uno de nosotros. No creo que la revolución de las mujeres se pueda nutrir únicamente del hecho de salir a la calle con pancarta y puño en alto un determinado día del año para protestar. Con permiso de la audiencia, eso es viejo, es lo que se viene haciendo desde siempre y es un proceso de lentos resultados, cuando los hay. Necesitamos más, necesitamos conectar con nuestra ancestral sabiduría femenina y que esta lo empape todo, lo atraviese todo, lo abarque todo.

Nuestro estado natural como mujeres debería ser un estado de gracia, autoridad propia, abundancia y poder exquisito, sin embargo, casi todas nosotras sufrimos demasiado, trabajamos demasiado para encontrar fuera algo que reside innatamente en nuestra esencia femenina: la abundancia, la creación.

La mayoría de nosotras perdemos nuestro poder personal todos los días. Los motivos suelen ser la falta de confianza, el conformarnos con menos de lo que merecemos, la culpa por tener una carrera profesional versus la atención a la familia, el exceso de preocupaciones y/o responsabilidades, el autosabotaje, las relaciones personales complicadas y muchas cosas más.

Creo firmemente en la necesidad de sacar a la luz la sagrada esencia de lo femenino, dejando atrás la necesidad de disgregar, de separar o de creer que es algo inherente a un solo sexo. No conozco a nadie que no haya tenido madre y es imprescindible reconocer y honrar el hecho de que las mujeres somos las intermediarias entre los diferentes universos y realidades, somos la única forma posible de venir a este planeta, pero la energía femenina y masculina están en todos nosotros y necesitamos aunar las diferentes formas de entender la vida y el mundo desde el mutuo reconocimiento y la madurez. 

El cambio de mentalidad con respecto a derechos y roles pasa por la integración de esta silente e intangible fuerza femenina que no es patrimonio de nadie, pero sí es un derecho de todos.

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IGUALES

 

En 1963, Betty Friedan (04.02.1921/04.02.2006), teórica y líder del movimiento feminista estadounidense en los años 60 y 70 y dedicada al trabajo en defensa por los derechos de la mujer, publicó el libro “The Femenine Mystique”, galardonado con el premio Pulitzer un año después. Este libro es, a día de hoy, una pieza clave en la historia del pensamiento feminista y está considerado como uno de los libros de no ficción más influyentes del siglo XX.

En “The Femenine Mystique”, Friedan habla de la situación de las mujeres de clase media en la sociedad americana, de la ansiedad, de la desesperación y de la sensación de malestar que imperaba entre dichas féminas aburridas de sus vidas y necesitadas de autonomía, independencia, reconocimiento de su identidad y de una vida propia que desarrollar al margen de sus parejas y sus hogares.

Han pasado más de 50 años desde la publicación de ese libro que me ha resultado francamente interesante y, si bien es cierto que las mujeres hemos conseguido dejar atrás muchos de los problemas y circunstancias que Friedan describe con claridad meridiana, no es menos cierto que, lo que queda por delante, sigue siendo un aparentemente inestable futuro.

Personalmente, me parece mentira que aún estemos con el tema de “los derechos de la mujer” y creo que no he oído nunca, en ninguna parte, hablar de “los derechos del hombre”, atendiendo al género. 

Confieso que a veces me parece que vamos para atrás cuando recuerdo lo que pasó con el estallido de la última crisis económica en nuestro país, en el año 2008. A consecuencia de dicha hecatombe se dio al traste con lo que, hasta ese momento, eran derechos adquiridos por los trabajadores a fuerza de duras negociaciones de muchos años, y ahora tenemos el panorama que tenemos, con sueldos de risa y nuestros talentos jóvenes repartidos por medio mundo, y no hace falta explicar por qué. 

A título personal, defiendo la igualdad, la integración y el trabajo conjunto. Entiendo que derechos y responsabilidades forman parte de la libertad de todo ser humano, independientemente de su género y su nacionalidad, y deberían poderse disfrutar siempre que no supongan un perjuicio para nadie. Necesitamos ser iguales para poder expresar nuestra individualidad con la confianza de que los demás nos van a comprender o como mínimo, nos van a respetar.  Al menos, eso pienso yo.

Me gustaría creer que este es el último 8 de Marzo que salgo a apoyar una manifestación y no es porque lo haga a regañadientes, todo lo contrario. Estoy convencida y comprometida con defender lo que entiendo como bueno y justo para tod@s, pero sería bonito poder celebrar cada día del año como “nuestro día”, independientemente del género de cada cual, y sin el halo de tristeza que me envuelve al recordar a las víctimas de tanta violencia, sean mujeres u hombres.

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                                            “SI NOSOTRAS PARAMOS, SE PARA EL MUNDO”

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Un tesoro entre los dedos.

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Una buena parte de mi trabajo se centra en establecer conexiones con los mundos y cuerpos sutiles, para facilitar que las personas que se acercan a mi consulta puedan ver con claridad qué es lo que les provoca realmente su sintomatología y, desde la toma de conciencia que eso implica, puedan iniciar su proceso de sanación.

Cualquier tipo de trabajo en los planos sutiles que afecte al humano requiere después de una continuidad en la materia. Esto quiere decir que, sin la implicación directa de la persona en sus procesos, sin trabajo personal que atornille al suelo lo que podemos trabajar en otras dimensiones, todo se evapora y, con el tiempo, se vuelve a caer de nuevo en la vieja historia de siempre.

Es importante tener en cuenta que nunca podremos resolver nada por el trabajo de otros. Nuestros procesos son nuestros y nos corresponde, desde la responsabilidad y el compromiso que adquirimos con nosotros mismos antes de encarnar, participar directa y activamente en su resolución.  

La ayuda de fuera es valiosa, imprescindible, porque la mayoría de las veces no somos capaces de ver de dónde parten nuestros temas pendientes. La saturación mental y emocional nos impide ver la salida. Eso no quiere decir que tengamos que depender de otros o ir de la mano de alguien el resto de nuestra vida. A veces, la ayuda puntual en el momento preciso es todo lo que necesitamos para recargar pilas y ponernos manos a la obra por nosotros mismos, pero es importante decidirse a hacerlo ya, porque el tiempo que estamos perdiendo es el nuestro, es nuestra propia vida y llega un momento en el que ya no se puede seguir pidiendo prórroga.  

Recordad que solo la luz es capaz de alumbrar la sombra hasta disolverla. Solo reconociendo nuestra parte más luminosa y haciendo pie en ella, podremos iluminar nuestra oscuridad. No hay nada que pueda esconderse a la luz.

Todos llevamos dentro el potencial de un sol y no es casualidad que el que tenemos en nuestro sistema solar nos dé calor, nos ilumine y nos dé vida. Esas también son capacidades propias del ser humano, para consigo mismo y para con los demás. Tenemos ese poder y es importante que, desde la humildad y el amor, empecemos a ser conscientes de ello, aunque sea algo de lo que parece que da miedo hablar para que no nos tomen por soberbios o pedantes. Ya vale de tonterías. O nos ponemos a trabajar desde lo mejor que somos, desde la fuerza de nuestro corazón, o nos volvemos a marchar del planeta con la sensación de que se nos escapó un tesoro entre los dedos…, otra vez.

Como digo, los humanos tenemos un montón de superpoderes de los que nos hemos ido olvidando con el paso de los siglos, hemos tenido grandes maestros, por ejemplo, los egipcios y los esenios, pero sus conocimientos y su sabiduría apenas son conocidos y considerados en la actualidad y aún así, funcionan.

Sería bueno empezar a preguntarse quién se beneficia de nuestra ignorancia, por qué no se nos educa desde pequeños para desarrollar y canalizar nuestras altas capacidades, para enseñarnos a sacar lo mejor de nosotros mismos, lo mejor para nuestro entorno y para el planeta entero, porque esas capacidades están en todos, son parte de nuestra naturaleza y están ahí esperando ser descubiertas y usadas en beneficio de la humanidad.  

No se trata de magia, ni de superchería, ni de pseudociencia, ni de tontadas por el estilo. A ver si nos damos cuenta de que esa es otra maniobra para distraernos de lo importante.

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Foto: Rosa García.

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A CONTRALUZ

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No sabría decir en qué momento sucede, ni si nos ocurre a la misma edad o si siempre es consecuencia del mismo tipo de experiencias, pero últimamente he estado dándole vueltas a la idea de que, muchos de nosotros, nos pasamos la vida ocultando parte de nuestra identidad, incluso a nosotros mismos.

¿Motivos? Bueno, supongo que así se manifiesta casi siempre el miedo a ver nuestra parte oscura, lo que duele, eso que nos negamos a reconocer a pesar de que nos hace sufrir terriblemente o nos deja cercenados e inoperantes en algunas parcelas de nuestras vidas: en la autovaloración, en el desarrollo profesional, en la capacidad a la hora de mantener relaciones interpersonales o en cualquier otro aspecto. El miedo tiene el poder de volverse líquido y hacer rebosar de parálisis lo que se proponga, si no le ponemos freno. Además, caemos continuamente en el error de pensar que esa parte oscura solo manifiesta lo peor de nosotros cuando es todo lo contrario, porque es precisamente ahí donde se encuentra el potencial para crecer.

Desde mi punto de vista, el miedo es como un buen amigo que se planta ante ti con las manos a la espalda porque esconde un gran regalo. Las mejores experiencias de la vida están justo al otro lado del miedo.

La seguridad a veces se opone al crecimiento y a la evolución y, en este sentido, sería saludable ver qué resistencias tenemos a buscar en nosotros mismos y por qué, cuál es la fuente de nuestro dolor y qué es lo que, en nosotros, vuelve líquido al miedo.

Nuestros lugares más luminosos están compuestos, en parte, de la sabiduría que atesoramos a fuerza de enfrentarnos a todo y salir victoriosos tantas veces. Por ello, estaría bien que nuestro mayor objetivo fuera seguir retándonos a nosotros mismos y ganarnos así el derecho a seguir buceando en lo más profundo para llegar a ser más luz.

Por desgracia, buscamos y acabamos encontrando ventajas en el hecho de no hacer nada con nuestros dones, ventajas en el hecho de no plantarnos ante lo que nos parece una incapacidad cuando nos ponemos frente al espejo y evitamos y decidimos ignorar los desafíos por temor a volver a equivocarnos. Perdemos la fe en nosotros mismos y perdemos la fe en la vida, aun a pesar de haber tenido la experiencia de que, cuando nos jugamos aquella carta, fue precisamente la vida la que siempre nos sostuvo y nos ayudó a crecer.

Esa es la forma más segura de dejar pasar de largo la mano amorosa que estaba esperando para tomar la nuestra y llevarnos suavemente a lo mejor de nosotros mismos, a nuestro más alto vuelo. Eso sí que es un fracaso.

Dicen que crecer duele y yo estoy de acuerdo en parte con eso por lo que ha sido mi propia vida, pero nunca he dado un paso atrás por miedo. Mi estrategia ha sido otra: he cogido al miedo de la mano y lo he llevado conmigo, como a un compañero. Lo he hecho así porque, en el fondo, lo que de verdad he temido siempre, ha sido pensar de mí misma que soy una cobarde, que no tengo el valor suficiente como para tomar lo que sé que está para mí, al alcance de mi mano.

No quiero llegar a mi ancianidad pensando que perdí lo bueno y lo mejor que la vida tenía para regalarme, por no ser capaz de dar un paso adelante cuando mi corazón me lo pedía a gritos. No quiero marcharme de aquí sintiéndome derrotada y con el fracaso escrito en las arrugas de mi frente. Francamente, creo que eso sería lo peor de todo.

En nuestra oscuridad está el potencial de nuestra verdadera transformación, de esa necesaria revolución interna que se encuentra siempre a contraluz. Si decidimos afrontarla, nos mostrará lo bueno, lo bello y lo verdadero que hay en nosotros. Y eso no naufragará en el miedo. Jamás.

 

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Fotos: Pexels.

 

 

 

 

 

 

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Lo que importa es SER

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Esta mañana iba sentada en el tren, como tantas otras veces, mirando el paisaje. Escuchaba mi música, tranquila, contenta y pensando en los días que tengo por delante, cuando el júbilo me ha inundado al ver mi reflejo transparente en el cristal de la ventanilla, y me he emocionado, porque he visto a una mujer que es justo esa con quien yo soñaba ser cuando era pequeña. 

De forma secuencial, han ido llegando a mi mente calladas imágenes de algunas fotos de mi infancia, de mi adolescencia y de mi juventud, y me he alegrado al darme cuenta de lo bien que lo hicieron esas mujeres en ciernes que, aún hoy en día, viven en mí. 

Soy consciente de que esta que ahora escribe estará también, dentro de unos años, viviendo en mi yo futuro, y ese yo seguirá sintiendo, soñando y agradeciendo a todas estas versiones y momentos de mí, con sus luces y sus sombras porque, si hoy me siento plena en mí misma, segura de quién soy, feliz por haberme descubierto e ilusionada con mi vida justo en este minuto, sabiendo en mi corazón que soy todo cuanto necesito para ser feliz, es gracias a ellas, a sus lágrimas y a sus más sonoras carcajadas, a sus inseguridades y a los miedos a los que se enfrentaron con la cara descubierta. 

Reflexionando sobre todo esto, he llegado a la conclusión de que nunca sabré si siempre elegí el mejor de los caminos, si tomé las mejores decisiones, pero eso ahora no es tan importante. Lo que en este momento valoro, por encima de todo, es la actitud con la que he seguido adelante y la fe y el amor que siento por la vida. Lo mejor que puedo deciros aquí, sentada en el tren, es que os agarréis a la fuerza con la que encaráis cada día, haced de ella vuestra aliada. Miraos al espejo para veros por dentro, pintaos la sonrisa en el alma, aliaos con lo más verdadero que tengáis y dadle lugar, sacadlo a la luz. 

Os animo a que vayáis a dormir cada noche sabiendo que, al alba, seréis aún más fuertes, más sabias, más bellas y, si alguien siquiera os insinúa lo contrario, dejadlo atrás. Estad seguras de que no lo necesitáis. La vida se encargará de confirmar esta verdad con poco que le deis la oportunidad. No tengáis miedo de vivir conforme a vuestras convicciones, a vuestros sueños, a vuestra alegría y a vuestros valores. No os dejéis arrastrar por intentos de chantaje emocional, por aquellos que solo quieren usar vuestros recursos y vuestra energía, por egoísmos solapados o malintencionadas influencias ajenas, porque lo único que puede mantener lleno vuestro corazón es la inalterable verdad de saber quiénes sois. 

Con el tiempo he aprendido que mi poder personal, y no sé si el de todos, se asienta en cuatro pilares fundamentales: el autoconocimiento, la autoestima, la autogestión y la autoreferencia.

Autoconocimiento que es el resultado de la necesidad de conocer más de mí, de encontrar dónde están mis límites, de seguir descubriéndome a cada momento, sabiendo que vivo en un permanente cambio, aunque eso ya no me despista, ahora me divierte.  

Autoestima que me permite apreciar la belleza de mi cuerpo, que me anima a cuidarme, a amarme con todo lo que soy, a ser tolerante y delicada conmigo y a trabajar en limar mis aristas para ser mejor cada día. 

Autogestión que me hace responsable de cada uno de los aspectos de mi vida y, por ende, me estimula a querer dirigirla con sabiduría y a inundarla de momentos de calidad.

Autoreferencia que me hace observar mi brújula interior, me sitúa en mi propio yo, sabiendo y celebrando que soy el centro de mi vida. A partir de mí se coloca todo lo demás y no al revés, y, aunque ya no baile al son de la música ajena, soy perfectamente capaz de habilitar espacios para compartir mi baile, para compartir mi amor.

Para poner en marcha todo este engranaje que me ha ayudado a crecer, primero hice un trabajo de profunda introspección para localizar cada uno de los valores y cualidades en las que apoyarme, hice montones de listas intentando definirme en lo bueno y en lo no tan bueno, en mis debilidades, en mis fortalezas, en lo que me gusta y detesto, en lo que se me da bien y en mis múltiples torpezas. Esto me hacía sentirme tremendamente insegura y, a veces, me colocaba al borde de un abismo colosal, pero comprendí que, aunque no me gustara, aunque el miedo acechara por todas partes, era necesario conocerme para poder elegir, para poder decidir, para poder cambiar y mejorar todo lo que no quería en mi cuerpo, en mi mente, en mi espíritu y, por lo tanto, en mi vida.

Gracias a todo este trabajo, y después de algo de tiempo, he podido comprender que voy tejiendo mi camino con el amor que siento, con mi necesidad de saber, con mi forma de mirar las estrellas, con mis sueños, con mi devoción por este planeta. Esto es lo que puedo compartir con quienes caminéis por una senda parecida a la mía. Con vosotros que estáis buscando vuestro propio mapa, ese que os llevará de vuelta a vuestra esencia, porque como yo, habéis llegado a la conclusión de que lo importante, lo valioso, lo indispensable en la vida, es SER en libertad.

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Nota: Este artículo está dedicado a las mujeres en particular porque yo soy una mujer y hablo de mi experiencia, pero está escrito para TODOS vosotros.

 

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Los Árboles del Parque del Oeste

 

Llevo muchos meses sin sentarme a juntar palabras para expresar lo que pasa por mi cabeza a través de este medio. No es que haya dejado de sentirme bien cuando lo hago, simplemente he estado centrada en otros aspectos de mi vida. Aspectos que requerían de mí un cierto grado de recogimiento, de introspección. Gracias a ello, he llegado a una serie de conclusiones que no son novedosas y estoy segura de que todos las hemos leído o escuchado muchas veces a lo largo de los años. La diferencia es que, ahora, son el fruto de mi propia experiencia y mi reflexión. Me da igual coincidir con lo que otros dijeron antes. En este momento, es mi opinión y mi sentir. Ya sé que lo sabéis, pero me ha parecido buena idea dejarlo aquí, por si a alguien le viene bien recordarlo.

Creo que estamos en este planeta para aprender a ser seres espirituales dentro de un cuerpo físico y para tomar conciencia de nuestro propósito superior y llevarlo a cabo. La vida en la Tierra consiste también en aprender a utilizar adecuadamente el poder personal y ello significa observar qué hacemos con nuestra energía y poner atención para saber a quién se la entregamos y por qué. Supone estar dispuestos a someternos a la guía de nuestra conciencia, que generalmente se nos presenta en forma de intuición, ya que, si actuamos según los dictados de nuestra brújula interior, podremos desarrollar plenamente nuestro poder y cumplir la misión para la que nacimos. Muchas personas se resisten a oír los mensajes que les envía su corazón, a menudo porque no quieren afrontar los cambios que tendrían que hacer si lo escucharan y se decidieran a actuar.

Es determinante saber que todo lo que hacemos importa y que no existe un acto de servicio o bondad que sea insignificante. Sé, porque lo estoy viviendo, que el poder de un solo deseo puede cambiar la vida de una persona y, una vez que la mente y el corazón se abren a recibir una respuesta, la obtenemos, aunque no sea la que queríamos o no llegue en la forma que esperábamos.

Me ha quedado muy claro a lo largo de estos meses que todos tenemos una comunidad espiritual invisible que nos apoya, pero que también tenemos el poder de salir de nosotros mismos y crear más sentido, más actos de bondad no aleatorios y que el bien que hacemos, inevitablemente, acaba beneficiándonos.

Carl Jung describió la madurez como un despertar a la necesidad de vivir una vida de propósito espiritual, en vez de limitarse a colmar las necesidades básicas de la supervivencia física, o a perseguir el placer. Jung vio a todas las personas como héroes de su propio viaje vital, que emprendían el camino hacia una mayor conciencia espiritual. Cuando, desde esa conciencia, tenemos la suerte de reconocer a nuestro compañero de viaje más amado y ese encuentro se completa, llega la plenitud a todos los aspectos de la vida.

 El espíritu humano necesita desarrollar la generosidad y la compasión para mantenerse sano. Necesitamos responder a las vulnerabilidades de otras personas en el proceso de sanarnos a nosotros mismos. El ejercicio de la empatía y la compasión, la realización de buenas obras, hace que el cuerpo y el espíritu prosperen, porque el resplandor que obtenemos al ayudar a los demás, no es solo una sensación física agradable, es la energía de una gracia sanadora que se desplaza entre el dador y el receptor, beneficiando a ambos. Dar y recibir son artes que se aprenden. Nos necesitamos unos a otros porque no estamos diseñados para ser completamente independientes. Uno no puede aumentar la comprensión de sí mismo y su bienestar y, al mismo tiempo, mantenerse aislado de la humanidad. Es en la interacción donde adquirimos experiencia y sabiduría, aunque nos entristezca, nos confronte o nos decepcione. No podemos pretender tener una vida más sana y espiritual si nos mantenemos alejados de la VIDA que nos rodea. El viaje del yo también implica el viaje del otro.

El amor lleva a la comprensión. La comprensión lleva a la paciencia. Cuando aceptamos       esto, todo pasa aquí y ahora. Las regiones más profundas de nuestra mente no están sujetas a las leyes del tiempo. Sucesos de antaño pueden afectarnos todavía con aguda inmediatez. Las heridas del pasado influyen en nuestro humor y en nuestra conducta como si nos las hubieran infligido ayer y, a veces, su fuerza incluso aumenta con el tiempo. La comprensión puede ayudar a cicatrizar esos traumas. Dado que la mente más profunda no está sujeta a las condiciones habituales del tiempo y el espacio, los sucesos del pasado pueden reescribirse y reformularse, los traumas pueden deshacerse y los efectos perjudiciales, invertirse. Puede darse una reparación profunda, incluso cuando se interpongan grandes distancias o hayan pasado muchos años de dolor y sufrimiento.

Del mismo modo que el amor aporta una profunda sanación a nuestra mente, la comprensión nos ayuda a reducir el miedo que se aloja en nuestro corazón, nos aleja de la ansiedad y las dudas y nos enseña a nutrir las relaciones. Los miedos suelen referirse a hechos que ya han sucedido, los proyectamos hacia el futuro pero, en realidad, lo que tememos, pertenece al pasado. Es importante comprender esto, porque la comprensión puede ayudarnos a deshacernos de ellos y a salvar los obstáculos que nos separan del verdadero amor.

Estar en un estado físico es algo pasajero en nosotros, recordar que somos inmortales y que existimos desde siempre en un vasto mar de energía es una importante clave para llegar a la felicidad. No competimos con nadie porque cada cual tiene su propio sendero. Se trata de un viaje en grupo hacia la luz de la conciencia sabiendo que somos seres inmortales que nunca se separan energéticamente de aquellos a quienes aman, aunque, disfrazados de humanidad, resulta muy difícil recordar que no somos simples cuerpos físicos y, a veces, el hecho de no recordar para qué vinimos aquí puede provocar un enorme vacío. En este sentido, he descubierto, en mi trabajo de estos años, que ese vacío, el lugar donde está nuestra mayor dificultad, eso que nos mantiene aislados, tiene una relación directa con alguna de nuestras grandes cualidades. La polaridad también se abre camino en este aspecto. Así, la persona egocéntrica puede atesorar, escondida en su interior, una enorme generosidad, o la persona sentimentalmente herida, que nunca terminó de encontrar a su alma afín, es capaz de cualquier cosa cuando por fin la abraza. A veces nuestra misión en la Tierra es así de “simple”. Quiero decir con esto que no se trata de dejar grandes monumentos para la posteridad, se trata de implantar acciones, nuevas

formas de ser y de estar en el mundo. Esa es la novedad, ese es el reto. Ese puede ser el propósito vital de muchas personas que andan vagabundeando por sus vidas, pensando en cualquier otra cosa que tenga una manifestación directa en la realidad física, que pueda verse o tocarse, que proporcione fama y fortuna, aunque sería todo mucho más fácil si nos preguntásemos qué necesitamos de verdad, qué es lo que hasta ahora se nos ha resistido, cuál es nuestra asignatura pendiente.

Cuando despertamos a la idea de que todos somos seres espirituales, cambian nuestros valores y por fin podemos ser felices y estar en paz. Los únicos tesoros que podemos conservar son los que alimentan nuestro espíritu. La felicidad no tiene sus raíces en el poder o la fama, solo en el amor y, si no me creéis, daos una vuelta por el Parque del Oeste de Madrid y contemplad los árboles… A ver qué os cuentan.

 

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Un ritmo nuevo

¿A que parece que todo se derrumba? ¿Verdad que da la impresión de que va a empezar a faltarnos el aire en cualquier momento? Esa es la sensación que manifiestan algunas de las personas que se dejan caer por mi consulta buscando alivio, respuestas o fuerza para seguir adelante. Personajes inconsolables y desesperanzados en busca de consuelo y esperanza, observadores en lo externo, ignorantes de lo propio… Y es que nos da miedo indagar cuando las pesquisas han de centrarse en el agujero negro que todos  llevamos dentro y que intentamos tapar una y mil veces con excusas, aplazamientos, planes, amores y otras variantes del escapismo más elaborado.

La valentía la solemos dejar, por ejemplo, para ponernos delante de una inocente vaquilla, en las fiestas que se celebran durante el mes de agosto, en el pintoresco pueblo de alguno de nuestros ancestros, pero para localizar, estudiar, comprender y disolver todo lo que hace tiempo que nos está sobrando de nosotros mismos, para eso no hay coraje ni ocasión, solo evasivas y autojustificaciones.

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Ahora que se acerca el otoño, ahora que todo va a empezar a rodar  con un ritmo nuevo, después de la pereza cansina y la placidez del verano, propongo, a quien tenga a bien leer esta reflexión en minúsculas, se vuelva a plantear usar la valentía para meterle mano a lo que sabe que tiene pendiente consigo mismo y, por su bien, resolverlo de todas las formas que pueda. Es fácil de identificar, porque suele coincidir con lo que nos hace sufrir, así de simple.

Para quien no se haya dado cuenta, están pasando cosas importantes y asombrosamente buenas en nuestro mundo, pero hay que estar preparado para verlas, y eso solo se consigue poniendo la atención en lo que más importa, que es ocuparnos de liberar espacio en nuestro cuerpo físico, en nuestra mente y en nuestro cuerpo energético. Hemos acumulado mucho peso en las botas por habernos metido en tantos barrizales desde hace milenios. Estamos ahora ante una especie de revalida de fin de curso o un exámen de septiembre. La diferencia es que ésta tiene como protagonista a nuestro nivel de conciencia, así que aprovechemos este momento crucial en la historia para tomar el camino correcto hacia nosotros mismos. Recomiendo hacer una revisión exhaustiva de valores y código ético, es una buena forma de empezar.  Aviso de que no hay atajos, es un trabajo hasta nuestro último día, pero los resultados se multiplican a cada paso que damos y, a partir de ahí, comienza la VIDA.

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Fotos: Google.

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In Memoriam.

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En la mañana, al despertar, contaba que había estado de viaje. Cada día iba a un lugar distinto, pero todos ellos formaban parte de su pequeño mapa personal. Ese mapa estaba constituido de los pueblos y ciudades en los que había transcurrido su vida, los lugares en los que los cinco habíamos compartido las etapas de un viaje que ahora terminaba para él. Había visitado uno cada noche, como si quisiera despedirse personalmente, dar las gracias o recoger algo que hubiera dejado olvidado. Supongo que sabía que se marchaba, aunque en ningún momento habló de ello.

.Su mirada se perdía en el techo de la habitación y daba la sensación de que casi no quedaba nada de quien él había sido en ese cuerpo frágil y enjuto que apenas palpitaba bajo las sábanas, pero todavía tenía aliento para hablar con alguien a quien nosotras no podíamos ver. Nos mandaba a comprar para darle de cenar “a toda esta gente que hay en la habitación”, y nosotras sonreíamos porque estábamos aparentemente a solas.

Su túnel de luz se abrió y sus amigos vinieron a verle y a hacerle comprender que era el momento de volver a casa. Se marchó cuando estuvo preparado para ello, cuando él decidió. Genio y figura.

No se despidió de ninguna de nosotras, creo que no lo habría podido soportar. A su modo, nos quería, aunque nunca tuvo valor para decirlo, y puede que su sentido de la responsabilidad y su instinto de protección, algo desmedido, no le hubieran dejado marcharse aún, así que se fue como hizo todo lo demás, sin decir nada.

Esto ocurrió hace un mes y ya me lo encontré en uno de mis viajes nocturnos hace unos días. Estaba agotando un asunto que dejó pendiente aquí y que supongo tiene que resolver antes de seguir con su vida en una dimensión diferente. Le deseo un feliz regreso en las mejores compañías.

Quedo pendiente de su vuelo por si me necesita, pero en paz, conmigo y con él.

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Lo más bonito del mundo

Siempre que veo las noticias y noto que se me empieza a encoger el corazón con las imágenes que nos muestran, ya a diario, de esos pequeños expatriados, esas imágenes que provocan tanta impotencia y que nos hielan la sangre a todos, procuro ver las cosas con una perspectiva mucho mayor. No lo hago para resignarme ni para anestesiarme de todo eso, lo hago por la necesidad de comprender la auténtica realidad. La palabra con la que podría definir este estado sería visión multidimensional y responde a mi manera de ver el puzzle en su totalidad.

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Centro mi atención en comprender la realidad energética de lo que está ocurriendo y lo que he visto hasta ahora es que, para poder dar su primer salto de conciencia, la Tierra necesita soltar lastre, por eso se está desprendiendo de lo que más pesa: la malignidad acumulada, enterrada en capas arcaicas, profundas y terriblemente densas. El planeta se está desprendiendo de la maldad en todas sus formas y ramificaciones, acumulada desde el principio de los tiempos. Esta es mi conclusión respecto a la causa de que estemos siendo los espectadores de tanto escándalo, tanta aberración, tanto dolor y tanto desafío. Las estructuras conocidas se caen, por inservibles, por corruptas y viciadas y, aunque queda un trecho para ver el final de todo esto, es importante que empecemos a sacarle brillo a nuestra creatividad, porque nos van a hacer falta ideas nuevas y excelentes si queremos que la vida en el planeta cambie a mejor y para todos.

Personalmente, el hecho de colocarme a una cierta distancia de los conflictos me permite ver, por una parte, la grandeza del universo, en el que todo tiene una razón de ser, un porqué y, por otra, la grandeza de la conciencia que encarna en un cuerpo humano y se enzarza en una misión tan difícil como nacer en uno de esos países, donde la vida no vale nada, ni siquiera la de un niño por muy inocente que sea.

La conciencia, que viene a ese lugar y en ese momento tan complicado, a sumar, a entregar su energía, a ayudar a nuestro planeta para que pueda terminar de sacar y drenar toda la densidad enterrada desde hace milenios debajo de cada piedra, tiene todo mi reconocimiento y mi respeto, y mucho más cuando la veo reflejada en los ojos de un niño que empuja una alambrada, muerto de frío, en un campo de refugiados.

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Mis reflexiones y las conclusiones a las que he llegado sobre el momento que vivimos a nivel planetario y cómo podemos intervenir en el, me mantienen en la certidumbre de que, si queremos salir emocionalmente ilesos, si queremos poder ganar para siempre la paz, si queremos encontrar la auténtica forma de ayudar, no para paliar, sino para resolver definitivamente toda esta problemática, y que este titánico proceso culmine lo antes posible, necesitamos conectar con nuestra conciencia, con nuestra grandeza, porque es desde ahí, desde la resolución de nuestros propios conflictos internos y nuestros miedos, desde donde podremos abrigar soluciones. Si superamos nuestro Trauma Nuclear© y nos liberamos de la mochila de nuestro pasado, será más sencillo arrimar el hombro de forma efectiva. Tenemos muchas y magníficas referencias de seres humanos humildes, fuertes e incansables que han hecho grandes cosas por todos nosotros. Sin ir más lejos, la Madre Teresa de Calcuta tenía esa grandeza, era indemne al miedo, al desaliento o al fracaso. Para mí está claro que a alguien así no le queda ni rastro de su trauma, y entiendo que es por eso que fue capaz de mirar de frente al dolor ajeno sin que ello le nublara la vista con  reflejo alguno de su propio dolor; fue capaz de ver la realidad sin culpa y sin frustración, por eso tenía toda su energía disponible para actuar ante cualquier desastre, manteniendo la serenidad en su mente y en su corazón.

Tal y como yo veo el puzzle, esos niños que parecen abandonados a su suerte son, en esencia, conciencias llenas de amor y sabiduría que han decidido venir a ayudar en este momento tan importante del planeta. Creo que han bajado para remover y transmutar la energía de esos puntos geográficos en los que nacieron y que hoy les niegan el pan y el cobijo. Ellos están haciendo un gran esfuerzo, por eso no podemos dejarles solos, porque no hay nada más bonito en el mundo que la sonrisa de un niño, y hace mucho tiempo que no vemos a ninguno sonreír en el telediario.

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Fotos: Google y Unicef

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¡Viva la vida!

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El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define la vida como la fuerza o actividad esencial mediante la que obra el ser que la posee y también como la energía de los seres orgánicos.

Los postulados más revolucionarios en el terreno de la física dejan bastante claro que la vida se manifiesta en todos los elementos que componen nuestra realidad, por la sencilla razón de que todo está compuesto de energía y la energía es vida en sí misma.

La vida es un concepto y, como tal, no podemos verlo. Lo que sí podemos ver es cómo se organiza y se expande continuamente, de mil formas, en este planeta; podemos tocar, oler o acariciar cada una de sus manifestaciones, en forma de flor, de pez, de piedra…, porque la vida engloba un nivel de conocimiento tremendamente amplio. A esa vida, que es energía de amar manifestándose, y que yo entiendo casi como un talento de la Tierra adquirido por derecho propio, no le importa en absoluto acabar con todo para volver a empezar de nuevo cada día, más alegre, más sabia, más fuerte, como la primera o la única vez, pero mejor. No necesita aprender de la experiencia porque ella, en su absoluta sabiduría, es la que se brinda para hacer posible que los seres que vivimos en su piel tengamos la posibilidad de enriquecernos, de experimentar y de evolucionar con todo.

Coordinar las fuerzas para mantener en su lugar el agua de los mares, conformar las olas de las arenas del desierto, juguetear caprichosamente dando espacio a multitud de especies vegetales y animales, y hacer que todo esto siga adelante en el tiempo, es un trabajo maravilloso y creo que, para conseguirlo, hay que ser capaz de sostener un nivel de conocimiento absoluto y perfecto, inalcanzable para nosotros, sobre todo por la implicación que tiene en ello la realidad energética, que en muchos casos el humano no quiere ver ni reconocer.

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Desde los medios de comunicación nos hacen llegar continuamente la gran preocupación que existe con el asunto del calentamiento global, la ecología y la extinción. No voy a ser yo quien niegue lo obvio, pero me parece que el tema está mal enfocado. Creo, y esta es mi opinión personal, que lo que está realmente en peligro, por la ceguera que nos aqueja, es nuestra supervivencia como especie, no la vida en la Tierra. Afortunadamente, este planeta rebosa riqueza por todas partes y eso es algo que no admite discusión, es algo obvio para todos

En 1986, la tragedia de Chernobyl provocó que toda la zona fuese declarada como no apta para la vida, y ahora, 30 años después, un grupo de científicos ha descubierto que,  gracias a que el hombre abandonó aquellos parajes y dejó a la naturaleza hacer su trabajo, empezó a desarrollarse la vida vegetal de forma exuberante, empezaron a llegar los animales herbívoros y, estos, a su vez, atrajeron a los depredadores. Casi por casualidad se han encontrado caballos salvajes, osos, bisontes e incluso linces ibéricos.  ¿Mi conclusión? Que la Tierra no nos necesita para nada, ella tiene la sabiduría, el equilibrio y la paciencia necesaria para que esto siga siendo un paraíso, y nosotros podremos arañarla un poco aquí y allá, pero estamos muy lejos de la realidad si pensamos que podemos realmente perjudicarla.

(En el apartado de Buenas Noticias está el artículo sobre Chernobyl al completo)

 Imágenes: Google

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Arriesgar para ganar

Estoy recién llegada de un viaje que he hecho al interior de mí misma en estos últimos días. Desde mi asiento de ventanilla, en el vagón del tren, he podido ver cómo se abría ante mí un vasto panorama que se iba renovando continuamente ante mis fascinados ojos: retazos de acontecimientos y cabos sueltos del pasado que se quedaron colgando de mi mente sin que yo pudiera atribuirles sentido alguno hasta ahora. En este momento, se han recolocado de forma misteriosa, obedeciendo a algún tipo de magnetismo desconocido para mí, pero que me ha ayudado a comprender que cada movimiento ha sido perfecto y precioso, que nada ha quedado en manos del azar en ningún momento, que he experimentado y vivido todo cuanto me propuse y que estoy en medio de un descubrimiento de gigantescas proporciones que se va abriendo por capítulos en la medida en que yo voy llegando a los campamentos base. Etapa tras etapa, renuevo y amplío el conocimiento de mí misma, de mi entorno, de las circunstancias en las que me he ido enredando, de las que he superado por completo y de las que dejé momentáneamente en estado de reposo, por mi falta de comprensión, mi hastío o mi impaciencia.

Vivir estos momentos, desde la certeza de que comienzo algo nuevo otra vez, a partir de hoy mismo, me llena de satisfacción, porque este nuevo inicio es el resultado de haber podido culminar con honores el capítulo anterior, que fue uno de los más complicados que he vivido, y no ha sido peor por decepcionante o enrevesado, sino porque supuso poner en práctica toda la teoría que anteriormente incorporé.

Pasar a la acción es, realmente, lo que más nos cuesta, y compruebo con frecuencia que es la parte del proceso en la que más personas se van quedando en la cuneta. Todos nos sabemos la teoría, da igual respecto a qué, dominamos a la perfección el mundo de las ideas, que también es un talento, aunque la mayoría de nosotros ni siquiera somos conscientes de eso. En este estado de cosas, después de vivir tanto tiempo en la cabeza, cuesta horrores dejar la parrafada con la que intentamos demostrar a los demás, y a nosotros mismos, cuán avanzados estamos en esto de la evolución y el autoconocimiento, para ponernos de verdad manos a la obra, ¡¡y la obra no es ni más ni menos que nuestra propia vida!!

Puede que parte del asunto esté relacionado también con la conciencia corporal (o la falta de ella). Realmente, a parte de pensar, poco más podemos hacer con la cabeza. Podemos acumular recuerdos, conceptos, ideas, pero todo eso es tiempo perdido si no caemos en la cuenta de que para ver hecho realidad ante nuestros ojos humanos aquello que anhelamos, hay que pasarlo por el filtro del corazón. Es necesario aprender a sentir lo que pensamos, ponerle emoción de la buena a nuestras ideas, por eso hablamos de “poner el corazón” en lo que hacemos, y es que, en el fondo, lo sabemos todo.

Si nos detenemos un momento a reflexionar respecto a nuestra propia estructura energética, no podemos pasar por alto que los chakras de las palmas de las manos son como dos secretarios insustituibles del chakra del corazón, y tenemos la suerte de poder expresar lo que sentimos a través de nuestras manos. Y encuentro algo de gracia en el hecho de que aquí también se abre un hueco a la polaridad, porque con la misma facilidad podemos hacer una caricia o dar una bofetada.Las manos están para trabajar, para ponerle realidad a nuestras ideas y a nuestras emociones, y en un acto de magia insuperable, traer todo eso a la materia, y darle la forma que queramos.

Así que seamos conscientes de que en nuestro cuerpo vive un triunvirato ganador que está esperando de nosotros la decisión, la pasión y la voluntad para ponerse al servicio de nuestros sueños.

Trabajar con la materia sin que nada nos salpique ni nos altere, salir cotidianamente ilesos de ese tsunami que es la vida, es otro nivel de conciencia, y para llegar a él hay que renunciar a muchas cosas, a muchas personas, a muchos niveles de dependencia que no queremos reconocer en nosotros mismos, porque en el instante en el que ponemos el foco ahí, empieza a molestar, implica movimiento, y hay que ponerse a resolver. Supone cambiar la falsa seguridad que nos proporciona el entorno por la confianza en nuestra valía, nuestra fortaleza y nuestros propios recursos. Y aquí es donde se justifica el título de esta reflexión en voz alta: “Arriesgar para ganar”. Poner nuestro tesoro, nuestro valor, por encima de todo lo demás, es dar un salto al vacío, pero en contra del vértigo que nos pueda provocar esta imagen, es un vacío que está repleto de oportunidades, de aperturas y de energía de amar, que nos irá llevando por caminos más suaves si somos capaces de asumirnos con toda la pureza de nuestro corazón.

(Imágenes: Google)

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La huella de la memoria

Todos forjamos nuestro pasado con las cosas que elegimos recordar y lo que no queda en nuestra memoria, desaparece para siempre de nuestra vida. Capturamos retazos de acontecimientos que nos dejaron una marca imborrable, los transformamos y los unimos en hileras, como las perlas de un collar. Así moldeamos nuestra historia.

A lo largo de cualquier vida hemos tenido de todo: cumpleaños, un verano especial, un primer amor, una muerte cercana, un aroma, una canción, nuestra comida favorita, el calor de nuestra madre… Todo ya, posiblemente, lejano y tocado por el suave peso de la nostalgia. Recreamos esos instantes felices con las tarjetas y los álbumes de fotos, pero nada nos devuelve el momento. Resulta imposible volver… y quizás sea lo mejor, porque la vida no se ha hecho para andar remoloneando por el pasado. Vivimos en un continuo presente que sólo deja rastro en nuestra memoria, en nuestra anatomía y en esas fotos que también pierden el color y la frescura con el paso de los años. Todo se desmorona y se vuelve a levantar continuamente, todo se mueve en un continuo renacer y remorir, a diario. Y puesto que elegimos lo que queremos recordar para forjarnos un pasado, para tener una historia que nos respalde ante el mundo, creo que es de extrema importancia poner atención y cuidado en recordar lo que valga la alegría recordar, en seleccionar lo mejor que hemos vivido, lo que nos ha hecho más dignos, más fuertes.

Esos momentos irrepetibles y únicos en los que hemos dado lo mejor de nosotros, en cualquier ámbito de la vida. Instantes en los que hemos podido sentir el latido apasionado de nuestro corazón, impulsando nuestras acciones, renovando nuestra alegría. Atesorar eso en nuestra memoria siempre nos devolverá a un lugar de nosotros mismos que no nos causará pesar, que no convocará al dolor por lo que no hicimos, por lo que no dijimos… Porque puede que sea ese el motivo de que al final de la vida, algunos de nosotros elijamos perder la memoria, desprogramar nuestro emocionario particular de las caras familiares y algún día queridas, y excusarnos del mundo volviendo a ser tiernos bebés de ochenta años.

Atesoremos recuerdos de calidad que nos impulsen a celebrar quienes somos y quienes fuimos, a reeditar y revivir nuestros sueños. Al fin y al cabo, ¿no es esa la huella imborrable por la que a cualquier persona le gustaría ser recordada?

 

(Imagen: Google)

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QUIETOS

Quietos. Así estamos en este país nuestro. Contamos con el frustrante y pasivo dato de ser el segundo estado de la Unión Europea con un mayor número de personas en paro y cuatro comunidades autónomas ocupan el primer puesto en desempleo juvenil. Un primer puesto que resulta ciertamente inmovilizante. “¿A dónde vas a ir? Si está todo igual…”

Esa frase tan resignada la he oído muchas veces, igual es posible que hasta en algún momento la dijera yo. Sí, yo.

Y es que la pasividad nos amodorra, nos provoca una especie de sopor al que nos acostumbramos con extraordinaria facilidad. Lo llaman “la zona de confort”, otro invento de la “sociedad del bienestar”. Después de investigar e investigarme, de mirar alrededor y en mí, y de buscar fuera y acabar encontrando dentro, puedo decir que todo eso es una ilusión tóxica. Ahí no hay nada útil para nadie, así que pongámonos las pilas porque nos va la vida, el destino y la evolución en ello.  

Llegamos a este plano de realidad porque elegimos vernos en acción directa con la materia, queríamos ponernos a prueba con el medio, con los demás y con lo que creíamos ser. Bien, pues ahora que estamos aquí y que nos hemos olvidado de todo lo que sabíamos,  habrá que ponerse a trabajar procurando deshacernos de las barreras mentales. Se trata de un trabajo profundo y a muchos niveles, porque es con nosotros mismos, y os lo advierto, duele, pero es a lo que hemos venido.

Tenemos muchos planes y muchos proyectos cuando estamos sentados en el sofá de nuestra casa, pero se quedan allí, sentaditos, viendo la tele. Aparcamos el entusiasmo y los sueños en el mundo de las ideas, diciéndonos a nosotros mismos que nada podemos hacer y hacemos precisamente eso: NADA, y encima nos sentimos frustrados porque nuestra existencia sigue igual que siempre, nos aburrimos porque no hay cambios, nos come la inercia, nos engulle la rutina de un sin sentido, de un sin amor al que llamamos vida. ¿Vida? Más bien lo contrario: Muerte. Porque el muerto está inmóvil, parado, quieto. La vida es otra cosa de la que muchas veces no participamos más que para mirarla con asombro cuando se manifiesta a nuestro alrededor.

 Nosotros somos quienes dejamos escapar lo mejor  cuando nos quedamos impasibles mientras vemos como nuestras ideas se van por el desagüe del lavabo, al prepararnos cada mañana para ir a trabajar en algo que no es lo que queremos hacer, que no nos apasiona ni nos engrandece; nosotros cuando encerramos en un armario nuestros proyectos, con la esperanza de que algún día salgan ellos solitos a hacer el trabajo de ponerse en pie y nos den una alegría; nosotros cuando renunciamos a nuestros sueños porque  “…y si después de tanto esfuerzo no lo consigo…”, y claro, no los alcanzamos nunca, pero es por la falta de confianza en nuestras posibilidades, no hay nadie a quien culpar.

Todos tenemos mil cosas en la cabeza y puede que muchas no sean realizables en este momento de nuestra vida- es conveniente mantener a salvo el sentido común y el de la oportunidad, por supuesto-, pero de esas mil cosas, seguro que hay un montón, o varias, o una, que sí podemos poner en marcha ahora, a pesar del trabajo, a pesar de los hijos, de los padres, de la casa…, a pesar de todo.

       Os animo  a que busquéis, a que encontréis y a que os pongáis, cuanto antes mejor, a darle forma a vuestra pasión, porque la vida se va, y no puede seguir pasando a nuestro lado sin que apenas nos demos cuenta. Dejemos que nos lleve en volandas, que nos arrastre, que nos arroye, al menos tendremos algo diferente que contar y nada que perder.

Creo que lo peor que hay es llegar al final de nuestros días, mirar atrás, y ver que no hicimos nada nuevo o diferente, que no aprovechamos el tiempo que teníamos en inventar, disfrutar, amar, crear y ser felices. Lo peor de todo es mirar atrás con arrepentimiento y amargura, conscientes de que no es posible rectificar, que no es posible volver atrás. ¿Quien quiere un final así pudiendo tener el otro?  😉

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¿Qué pasaría si…?

Parece que el mundo en el que vivimos no nos lo pone demasiado fácil y resulta normal ver cómo las personas de nuestro entorno y nosotros mismos nos pasamos la vida quejándonos por el esfuerzo que supone sostenerse, con un poco de ilusión, en este planeta. Para colmo, perdemos cantidades ingentes de energía intentando decidir cómo movernos, y es que, decidir qué elegimos vivir es algo que nos vemos obligados a hacer todo el tiempo.

Tomar decisiones, optar por uno u otro camino, es algo que muchas veces nos provoca una sensación de vértigo o incluso de miedo por el hecho de no poder anticipar las consecuencias que vendrán si tomamos el sendero equivocado, olvidándonos de que no existe el error. Sí existen multitud de caminos que nos llevaran a diferentes experiencias de vida que, a su vez, nos harán cambiar, moldearán nuestra forma de ver el mundo, de comportarnos o de vivir. Cada decisión que tomemos nos llevará a conocernos de una forma diferente, más completa, más profunda.

A lo largo de estos años he aprendido que una de las cosas más importantes a llevar en nuestra mochila de caminantes de la vida, es la actitud correcta y he llegado a esta conclusión porque muchas veces me ha faltado esa visión y he convertido una experiencia enriquecedora, como todas, en un motivo para lamentarme…,otra vez.

Un día tuve la suerte de llegar a comprender que mi actitud siempre iba a reflejar la forma en que yo pienso y siento, y tomé la decisión de no volver a ser nunca más la persona quejica y esforzada a la que todo le cuesta un tremendo esfuerzo, porque yo detestaba esa postura cuando la veía en los demás.

Lo que siempre me ha gustado ver a mi alrededor, son personas que le ponen una sonrisa a la vida, que son capaces de darle la vuelta a cualquier situación inesperada por desagradable que pueda parecer, que saben poner distancia entre quienes son ellos y las circunstancias, y eso me gusta porque me inspira, me resulta contagioso y me alegra la vida.

Esa es la energía que nos ayuda a conseguir nuestras metas y no es que resulte sencillo cumplir los objetivos solo con sonreír, no, el esfuerzo va a ser el mismo, pero para mi está muy claro que esa es la actitud que anticipa el éxito que quiero lograr en mi vida y el que quiero ver en las vidas de la gente que me importa, por eso os animo a preguntaros:

“¿Qué pasaría si a partir de ahora me paro a pensar como quiero tomarme la vida? ¿Qué pasaría si dedicara un momento a decidir cómo quiero sentirme ante los retos cotidianos, sin lanzarme a ellos con el barullo emocional de siempre? ¿Qué pasaría si a partir de este momento saludo a mi vida con una sonrisa?”

(Imagen: Google)

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Bienvenidos

Doy la bienvenida a todas las personas que os animéis a entrar en este espacio. Es mi intención dejar aquí el fruto de mis reflexiones. Muchas de ellas parten de esos momentos profundos y sagrados que se dan mientras realizo mi trabajo, en las sesiones de terapia y otras surgen como resultado de mi propia experiencia vital.

Quiero compartir el sentir, los pensamientos y, cuando sea oportuno, las conclusiones de mi propia investigación en el campo de la evolución de la conciencia lúcida.

Espero vuestras opiniones, agradezco vuestro interés.

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